Ayer en la
noche todos los noticieros nos mostraban hasta el cansancio la escena de un
joven que insulta y escupe en la cara de la ex presidenta y ahora candidata del
PS Michel Bachelet. De verdad es una escena vergonzosa, violenta y condenable,
una insolencia y un abuso por donde se lo mire, pero sin embargo -sin querer
justificar este hecho por cierto reprochable-, también existe una infamia por
parte de los medios de comunicación masiva al tratar y presentar esta noticia de
manera redundante, en donde solo se enfatizan los juicios de repudio hacia la
conducta violenta de este joven estudiante ariqueño que agredió a Bachelet, pero
lo malo es que el tratamiento mediático de esta noticia solo se queda en la
superficie y evita deliberadamente analizar en profundidad la significación de
este hecho, por lo tanto, el mensaje se reduce solo a la idea del repudio, la
condena, la criminalización y el aislamiento del hecho, sin relacionarlo con el
contexto político social del Chile actual.
Lo mismo
pasó antes con el caso de la estudiante secundaria María Música Sepúlveda, la
cual el año 2006 le arrojó medio jarro de agua en la cara a la señora Mónica
Jiménez, la entonces ministra de educación del gobierno de Michel Bachelet, en esa
oportunidad a esta joven los medios de comunicación la juzgaron y reprendieron
moralmente sin tratar siquiera el contexto de indignación que llevaba a los
estudiantes secundarios a movilizarse. Lo mismo sucedió hoy con el caso del señor que le
arrojó huevos al candidato de la UDI Pablo Longueira en Concepción, la prensa
de la TV chilena continua con el mismo tratamiento noticioso, solo criminaliza
y no toca el fenómeno social de fondo, no indaga, no reflexiona, solo juzga a
priori ( o prejuzga) de forma automática, y no alcanza a leer los signos de la indignación
ciudadana, la desesperación, el malestar de la gente común, pues solamente se hace parte de ese bloque político-comunicacional
monolítico y hegemónico que aísla y subestima a las voces disidentes.
Repito, no
justifico el escupo en el rostro de Michel Bachelet, sería mil veces mejor
buscar otro modo, un modo adecuado, correcto y respetuoso para enrostrarle a la
señora Bachelet su responsabilidad política y la complicidad de su coalición -la
Concertación- en el malestar de nuestro
pueblo. Pero me inclino a pensar que
estos hechos no son simples, y no se trata solo de anomalías aisladas, porque tanto los escupos, los huevazos, y otros actos
irrespetuosos y destemplados, son en el fondo intentos violentos y desesperados
de hacerse escuchar, y se dirigen con
rabia hacia ciertos personajes de la política chilena son actos sintomáticos
que merecen un al menos un análisis socio-antropológico.
No basta con
condenar la violencia venga de donde venga a la ligera, sin reflexión. Las
causas de la violencia, el descontento, el malestar y la frustración política
de muchos chilenos la debemos buscar en la exclusión social, el abuso y la
profunda injusticia que debemos soportar en este sistema ilegitimo y
antidemocrático, sustentado en la Constitución militar de 1980, y un sistema
binominal que tanto la Concertación como la Alianza se empeñan en defender
porque al parecer les acomoda. Finalmente la transición a la democracia fue una
estafa, la democracia real y participativa nunca llegó a la mayoría de los
chilenos.
Por eso no
basta con solo condenar la conducta antisocial, hay que llegar a solucionar las
causas sociales de la violencia política. Debemos recuperar la democracia, y los
políticos deben recobrar la confianza de la ciudadanía, antes que tratar de hacerse
respetar por la “autoridad” que les brinda su posición de poder, y el respeto
que impone finalmente la fuerza represiva que los defiende. Los políticos o los
que quieran ser políticos en Chile, tienen que entender de una vez por todas
que tienen que ganarse primero el sincero aprecio y la confianza del pueblo,
basta de “autoridades” y figuras políticas intocables, que no representan a
nadie más que a sus propios intereses y ansias de poder.
La prensa
masiva chilena insiste solo en criminalizar
la protesta social, ya sea de los estudiantes, trabajadores, pobladores,
pescadores o mapuches, esto a la larga, es una pésima política, que solo
aumenta el conflicto y la distancia entre la ciudadanía y los políticos que
solo representan los intereses de la élite económica del país.
Hacer eco del
repudio generalizado que provoca este hecho violento y grosero de escupir el
rostro de una mujer, una candidata a la presidencia, y no atender las causas
que motivaron este hecho, es hacer una clara maniobra política de defensa de
estatu quo. El no querer leer estos fenómenos político-sociales de
descontento, como son las señales detrás del escupo en la cara de la Señora Bachelet,
es una decisión político-estratégica de conveniencia, porque bien que los
medios de comunicación leen e
interpretan en detalle cualquier fenómeno cotidiano como una señal política-económica
cuando se trata de temas de mercado, pero no hilan fino al momento de leer e
interpretar los fenómenos político-sociales.
Pero lo que
está claro en este hecho –repudiable insisto– es que el escupo en la cara de la
candidata, es también un signo o síntoma social que merece una lectura más
profunda, pues no se analiza, no se relaciona el hecho con posibles causas o
motivaciones sociales, de malestar, angustia o desesperación, para así poder comprender el fenómeno y e
intentar solucionarlo de raíz. Pero desde arriba no existe voluntad de ceder, solo se insiste
en repetir la misma fórmula, limitar y aislar
el hecho puntual del descontento y el malestar, como si fuera un punto negro,
un tumor a extirpar, desvinculándolo de su contexto social, de sus causas
humanas y sentidas, para finalmente insistir en la criminalización, clausurando
cualquier posibilidad de comprender lo que no se quiere ver ni escuchar.

