Nuevamente los rumores del fin del mundo corren por el aire, ahora son las profecías del calendario maya las que signan el fin de este tiempo.
En estos malos augurios y rumores que hablan de catástrofes como tres días de obscuridad, terremotos, colapso de las comunicaciones y suministros de energía, en fin en todas estas supuestas amenazas a la humanidad, pareciera existir en el fondo una profunda sensación de malestar colectivo, un malestar social y espiritual generalizado.
El año 2000 vivimos una paranoia similar a nivel mundial, con fanatismos religiosos y apocalípticos, sectas suicidas, grupos de creyentes que se despojaban de todos sus bienes y se guarecían y en sus bunkers antiatómicos o se preparaban para evacuar el planeta en naves extraterrestres o construían arcas como la de Noé para salvar del diluvio.Pero parece que estos presagios apocalípticos esconden en lo profundo un fenómeno psicosocial que es recurrente a través de la historia y siempre nos ha rondado. Recuerdo una conversación que tuve con mi Nonna –mi abuela paterna– en la cual ella me contaba que sus padres –en Iquique– cuando esperaban el año 1900 estaban muy nerviosos, porque también en esa época corrían rumores de que se acabaría el mundo y vendría el juicio final. También me dijo que 10 años más tarde, todo el mundo volvió a angustiarse y a pensar en el apocalipsis cuando vieron al cometa Halley acercarse a la tierra. Pareciera que en este tema, en lo profundo, en el inconsciente colectivo de todos nosotros –siguiendo las ideas de Carl Gustav Jung– existe una imagen arquetípica del fin del mundo, que pre-figura este acontecimiento, así como también existe una imagen arquetípica del origen del mundo; y es así como existe una gran cantidad de mitos y relatos en diferentes culturas, así como de tradiciones religiosas y filosóficas que se articulan en función de estos arquetipos, por ejemplo, para nuestra civilización judeo-cristiana occidental los mitos bíblicos de la creación están en el génesis, y los del fin de los tiempos están en el apocalipsis y el juicio final; marcando los momentos-eventos míticos de un comienzo y un final, un momento de creación y su correspondiente opuesto (y necesario) momento de destrucción o final, y así se estructura el relato cronológico y lineal de la historia mítica de occidente. Pero lo interesante es que los nuevos mitos urbanos contemporáneos se adaptan a esta estructura mítica ancestral, solo que le agregan nuevos elementos a esta trama dramática, construyendo un relato hibrido en donde aparecen mezclados los mitos del calendario Mayas, los mitos de futuristas o de ciencia ficción de contactos extraterrestres, o el misticismo oriental del hinduismo, del lamaísmo o el zen, interpretado por un paradigma bio-energético-místico muy poco riguroso. Pero en el fondo, creo que en este último presagio de la profecía Maya, del fin del tiempo, de las tres noches de obscuridad o el mito seudocientífico o new age de la alineación de los planetas, el cambio del eje terrestre, las tormentas solares, la lluvia de fotones, o la inversión de los polos magnéticos, tal vez detrás de todas estas profecías catastróficas y malos augurios, existe un fenómeno de proyección psicológica de nuestras fantasías y nuestros temores, tal vez esta imagen del fin del mundo es una imagen de nuestro inconsciente colectivo, que ante el desgaste de nuestra civilización y su modelo político-económico-global dominante (el capitalismo depredador) y sus nefastos efectos sobre el medio ambiente y la humanidad), ante tanto egoísmo, tanta insensibilidad, tanta maldad y franca decadencia de la humanidad, nuestro inconsciente colectivo al no ver una salida plausible o viable, prefiere destruirlo todo de una vez por todas y lanzarse al suicidio colectivo –como dice Franz Hinkelammert–, y así de esta forma la idea del fin del mundo (de ahora) funciona como una metáfora de nuestra civilización contemporánea, que proyecta su suicidio colectivo en un final catastrófico predestinado, y de esta forma se absuelven las culpas y las frustraciones de todos nosotros por no encontrar una solución creíble a todos los grandes y urgentes problemas reales que debe enfrentar de forma responsable nuestra civilización en el presente.










